Gilles Villenueve: la leyenda del 27 Rojo
“El Aviador” fue uno de los favoritos de Enzo Ferrari a lo largo de toda su historia. Para el fundador de la legendaria Scuderia, el pequeño piloto canadiense era prácticamente como un hijo. Inspiró a Ayrton Senna que en más de una ocasión afirmó que “quería pilotear como el canadiense”. No fue campeón, pero logró pasar a la inmortalidad y convertirse en uno de los máximos ídolos de la F1
por Ezequiel Boiero / el astro

Gilles Villenueve era distinto, tenía otras capacidades, para muchos superiores al resto. Es verdad que en su carrera en la F1 no se encuentran campeonatos y tan sólo hay seis victorias, trece podios y un subcampeonato en cinco años, pero su forma de conducir lo convirtió en leyenda. Era muy talentoso y audaz, impredecible y su mezcla de ímpetu y velocidad innata era única. Otros podían ser mejores para ir sumando puntos, pero ninguno podía hacer deslizar las ruedas de un monoplaza de Fórmula 1 como él. Nunca dio por perdida una batalla y esa actitud de dar siempre el 110% emocionó a millones y generó una fiebre popular que todavía hoy continúa. El tiempo lo coronó sin duda con el mayor de los títulos: “ser uno de los principales héroes de la máxima categoría en toda su historia”.
Los inicios como piloto
Villeneuve comenzó a conducir en competencias de carreras locales, conduciendo coches de carretera, una versión modificada del Ford Mustang modelo 1967. Para él no significaba mucha competencia y según cuentan se aburrió pronto de estas carreras.
El paso siguiente fue entrar en la Escuela de Carreras Jim Russell en Le Circuit Mont-Tremblant para obtener una licencia de competición. Esto le permitió correr en el campeonato regional de la Formula Ford en Quebec, en donde tuvo un gran año: conduciendo dos viejos coches de años anteriores ganó siete de las diez carreras en las que participó.
Al año siguiente, su progreso le permitió ir a la Fórmula Atlantic, compitiendo allí durante cuatro años, llevando a su propio coche al primer lugar en las cuatro temporadas. Ganó su primera carrera de la Atlantic en 1975 en el circuito de Gimli Motosport Park bajo una constante condición de fuerte lluvia.
En 1976, se asoció con Ecurie Chris Harrison Canadá y con el ingeniero de carreras de March Engineering Ray Wardell, dominando la temporada al ganar todas menos una de las carreras y llevándose los títulos de EE.UU. y Canadá. En 1977 ganó el campeonato canadiense nuevamente.
Desembarco en la F1
Su talento llamó la especial atención de James Hunt quien se lo recomendó al equipo Mc Laren. La historia dice que Junt lo descubrió en una carrera de exhibición a final de temporada, donde ganó, a igualdad de autos, a varios pilotos de F-1, incluido el propio James. “Teddy me ganó un piloto local. Entraba en las curvas derrapando y se mantenía deslizando el tren trasero sin desviarse de la pista. No hay nadie en la F-1 capaz de hacer algo así. Tienes que ficharlo, no harás mejor inversión en tu vida. Su nombre es Gilles Villeneuve”. Teddy Meyer, mandamás del equipo británico le hizo caso a Junt y le ofreció un contrato de prueba como tercer piloto, debutando en el G.P. de Inglaterra de 1977 con un veterano McLaren M23, terminando undécimo. Pero no hubo continuidad.
Cuando parecía que su participación en el gran circo de la F1 iba a ser efimera apareció el ojo clínico de Enzo Ferrari y lo contrató para reemplazar nada más y nada menos que a Nikky Lauda en las dos últimas carreras del 77, con pésimos resultados en ambas carreras y con el atenuante de verse involucrado en el Gran Premio de Japón en un accidente que acabo con la vida de dos fanáticos que estaban viendo la carrera en un lugar prohibido. La “leyenda” había comenzado con el pie izquierdo pero a fuerza de manejar rápido iba a poder cambiar la historia.
En la primera parte de 1978 los resultados no llegaron y se multiplicaron las críticas para el “Aviador”. Pero a fin de temporada Gilles respondió con su primera victoria, en Canadá y comenzó un romance con todos los amantes de la F1 que dura hasta el día de hoy.
Don Enzo y Villenueve: relación padre e hijo
Los fanáticos de la historia de la F1 saben del particular carácter que tenía Enzo Ferrari. Tratándose de un luchador que construyó un imperio en el mundo del automovilismo partiendo de la nada se lo consideraba un personaje duro. Pero más allá de esa fama, el «Commandatore» de la Fórmula 1 era un ser humano. A sus órdenes tenía una Scuderia Ferrari en la cual por esos años había muchísimo talento tanto en el campo de la ingeniería como en el de los pilotos. El número 27 era Gilles Villeneuve, uno de los favoritos de Ferrari a lo largo de toda su historia. Para el fundador de la legendaria escuadra, el pequeño piloto canadiense era prácticamente como un hijo. Enzo le estimaba tanto que incluso cedió un Fiat a su esposa Joanne, la única excepción con cualquier piloto en la historia de la Scuderia. Ferrari admiraba también a su clan familiar–con su hijo Jacques– que vivía en los circuitos en una caravana. Fuera del monoplaza, Giles se convertía en un niño grande. Era tímido y reservado, pero cuentan sus allegados de aquellos años que siempre estaba con una sonrisa en la cara.
Sin embargo, en los circuitos tenía mucha personalidad y podía decirle siempre al “Commandatore” lo que pensaba si sentía que el 27 Rojo no estaba a la altura de las circunstancias, «Este auto es una mierda, estoy perdiendo todo el tiempo. Pero… lo pilotaré durante todo el día, haré trompos, lo estamparé contra las vallas, haré lo que usted quiera porque es mi trabajo. Simplemente le digo que no somos competitivos».
Siempre a máxima velocidad
Gilles siempre iba a fondo. Él tenía claro que vuelta tras vuelta, curva tras curva debía ir siempre al límite para ser más rápido que sus rivales.
En la temporada de 1981, por ejemplo, el propio Ferrari ordenó a sus ingenieros que construyeran diferenciales que resistieran el trato de su piloto ante los problemas de las primeras carreras en Sudamérica. En Zolder ’79, remontó desde la posición número 23 a la 3, con tal ritmo, que se quedó parado a pocos metros de la meta, sin gasolina. Sus ingenieros nunca calcularon que se pudiera correr tanto. Los propulsores de entonces rondaban los mil caballos en los entrenamientos. Cómo no iba a adorarle Enzo Ferrari… “La gente dice que estoy loco porque me ven derrapando muchas veces”, se justificaba el canadiense en una ocasión y seguía, “déjenme que les diga algo, ¡un piloto de Ferrari que no vaya de lado no es un piloto de carreras!”.
Un piloto romántico
Gilles logró lo que incluso muchos campeones no han podido hacer, ser reconocido por los fanáticos de la máxima categoría a pesar de no haber ganado ningún título. Y lo logró gracias a su muñeca. Estas son algunas de las recordadas actuaciones que lo hicieron leyenda:
Francia 1979, catedra de visitante

En 1979, en el Gran Premio de Francia se enfrascó en una lucha sin cuartel contra el piloto local René Arnoux quien además conducía un Renault.
En Francia, contra un francés manejando un monoplaza francés, Villeneuve tuvo el temple y la muñeca para imponerse. Las imágenes hablan por sí solas, ni Arnoux ni Villeneuve soltaron el acelerador. El galo después diría que «el duelo con Gilles es algo que jamás voy a olvidar. Es mi mayor recuerdo de la Fórmula 1. Es cierto que él me venció, en Francia, además, pero no me preocupó. Sabía que había perdido frente al mejor piloto del mundo».
Watkins Glen 1979, 11 segundos
Iba rápido siempre. Durante los entrenamientos de aquel fin de semana y bajo un impresionante diluvio llegó a rodar hasta once segundos, sí, once, más rápido que sus rivales. “Creo que el instinto de supervivencia es probablemente crucial”, explicaba una vez para expresar su habilidad.
Zandvoort 1979, luchar hasta el final

En el Gran Premio de Holanda 1979 Gilles debía ganar para seguir luchando por el título. Venía puntero y haciendo una gran carrera, pero la suerte le jugó una mala pasada. Su goma trasera izquierda explotó haciendo un trompo y quedando en medio del pasto. Todo estaba perdido, otros hubiesen abandonado, pero Gilles no, volvió a la pista y dio una vuelta sobre tres ruedas hasta llegar a boxes. Puso gomas nuevas y llegó decimosegundo. Chau campeonato, es verdad, pero estas actitudes seguían enamorando y cautivando a millones de fanáticos.
Jarama 1981, épica carrera
Aquel fin de semana era imposible ver al 27 Rojo en los primeros lugares. El viernes Gilles estaba enfurecido porque su auto era imposible de conducir, ““El comportamiento es terrible, increíble. Ni siquiera puedo ir a fondo en las cuatro curvas más rápidas”, había declarado.
El domingo logró colarse en el segundo puesto en la largada detrás de Alan Jones, quien en la vuelta 15 se despisto quedando Giles al frente de la carrera. Y pasó lo impensado. Su chasis era terrible en las curvas, pero frenaba antes, clavaba a sus rivales y aprovechaba la potencia del motor turbo en la salida. Laffite, Watson, Reutemann y De Angelis se pegaron a su rueda, pero no encontraron el mínimo resquicio. Así, hasta la vuelta ochenta. Ganó por dos décimas. “Intenté romper sus diferenciales”, le escribió a Ferrari tras la aquella impresionante victoria, “no lo conseguí. Gracias”.
Canadá 1981, podio sin alerón
Villenueve protagonizó en su tierra otro de los capítulos nunca visto en un gran premio de Fórmula 1. En Montreal, frente a su público y en un clima lluvioso Villeneuve tenía buenas opciones de quedarse con la carrera. El canadiense, sin embargo, topó su Ferrari con otro coche y el alerón se le dobló obstaculizándole completamente la visión. ¿Qué hizo Gilles? Siguió en pista sin entrar a pits y obtuvo un gran tercer lugar. «Me guie por las huellas de las frenadas para saber cuándo frenar y doblar», explicaría más tarde.
San Marino 1980 y una dura profecía
En Imola en 1980 sufrió un impresionante accidente luego de reventar un neumático. Perdió la visión durante casi medio minuto, pero salió ileso. En declaraciones posteriores afirmaba: “En cien carreras, si tengo cien accidentes, por pura estadística tengo que hacerme daño al menos una vez, tal vez dos o tres, en la próxima hay muchas posibilidades de que resulte herido. Si ocurre, qué se le va a hacer, es un riesgo del oficio. Espero que sean heridas o fracturas que se curen. Es terrible si no podría continuar corriendo…” Desgraciadamente profético.
Trágico adiós

La muerte lo encontró el 8 de mayo de 1982 en el Gran Premio de Bélgica corrido en Zolder. Villeneuve chocó contra el March del alemán Jochen Mass y salió despedido por el aire. El impacto se produjo en la última sesión de entrenamientos oficiales, en la cual, Giles buscaba mejorar aún más su buena colocación en la parrilla de salida.
En una curva a la que llegaba a casi 270 kilómetros por hora, el piloto de Ferrari se encontró delante al alemán, cuyo ritmo era mucho más lento. Mass vio por su retrovisor izquierdo la aproximación de Villeneuve y pretendió echarse a la derecha para dejar paso al canadiense, pero algo falló en la maniobra, o Villeneuve no la entendió, porque en una fracción de segundo eligió también la derecha para adelantar y se quedó con el camino cortado.
La rueda izquierda de la Ferrari tocó la derecha del March y voló por los aires. Fruto del primer impacto, el coche quedó destrozado, y Villeneuve salió despedido, al haberse roto el cinturón de seguridad, para ir a estrellarse contra las vallas, donde, con el casco destrozado por la violencia del impacto, se rompió el cuello.
De nada valió el desesperado esfuerzo de Jochem Mass, que paró unos metros más allá y volvió para intentar reanimar al canadiense, con masajes en el corazón y la respiración artificial. El cerebro del canadiense estaba destrozado. Trasladado a la clínica, los médicos calificaron su estado como “clínicamente muerto”. Sus funciones vitales se mantuvieron artificialmente durante ocho horas, según el parte médico del doctor Delooze, que le atendió en la clínica San Rafael de Lovaina.
En Zolder, el hombre que había salido ileso de accidentes increíbles, pagó para siempre su deuda con la suerte y el 27 Rojo de Gilles Villenueve quedó en la leyenda de la Formula 1 como el 10 de Pele en el fútbol.